Un texo de Miguel Ángel Román para os románticos que todavía credes que os signos de puntuación son matices imprescindibles da lingua escrita:

El
universo de las palabras sería un caos, y no un cosmos, sin los
pequeños artefactos que representan los signos de puntuación. Cuando
nuestros ancestros comenzaron a construir la escritura como plasmación
física del pensamiento humano, toparon con una piedra de difícil
instrumentación: trasladar a símbolos la prosodia, la cadencia con que
las palabras gotean y el ritmo que producen sobre el oído virtual del
lector.
Entre los infinitos mecanismos posibles, algunas
lenguas optaron por una solución bastante parca: señalizar poco más que
pausas y silencios, dejando al intérprete la peligrosa responsabilidad
de reconstruir, con sólo estas indicaciones, la entonación de la que el
amanuense intentó dejar constancia.
Pese a ello, el empeño
viene funcionando con aceptable eficacia; además, cuenta con la ventaja
de que reduce la representación a dos sencillos grafismos: el punto y
la coma; mas, como pronto parecieran insuficientes, se les unió la
combinación de ambos.
El punto y coma, por
tanto, es un híbrido, como ya su propia extravagante grafía presupone.
Tradicionalmente se le define como el representante de una pausa mayor
que la que implica la coma pero menor que aquella que establece el
punto. Tal definición –así estandarizada en decenas de textos de
gramática– dejaría al estupefacto escribiente en la tesitura de tener
que cronometrar hasta el milisegundo cada instante de mutismo; y aún
así, de arriesgarse a emplear en la práctica tan ambigua norma,
inevitablemente chocaría con casos frontera, en los que le fuera
imposible decidirse entre la coma y el punto y coma o
entre éste y el punto redondo. Peor lo tendría el lector que quisiera
demostrar su pericia en la interpretación del texto, valiéndose de un
estricto metrónomo mental que le permitiera revelar a su audiencia a
qué símbolo corresponde cada ínterin como si fuera un virtuoso
percusionista ante una retorcida partitura.
En realidad, y prescindiendo de la apariencia gráfica del signo, el punto y coma
tiene personalidad propia y usos precisos e insustituibles; pero,
lamentablemente, éstos son frecuentemente desconocidos, lo que provoca
su cada vez más exigua presencia hasta el punto de que hay muchas voces
que consideran que está “en desuso”.
Como no puedo sino
estar en desacuerdo con lo antedicho, les traigo a continuación las
normas de uso elemental de esta “especie en extinción”.
El más inequívoco empleo del punto y coma
es para enmarcar los fragmentos de la oración cuando ya se usan comas
para un nivel inferior, como sucede en la soberbia rima de Bécquer:
Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso… yo no sé
qué te diera por un beso.
También allí donde
separe frases con una ligazón semántica fuerte (por ejemplo: causa y
consecuencia) que el punto rompería dando una falsa sensación de
independencia entre ellas. En este caso, muchas veces puede sustituirse
por los dos puntos; Antonio Machado decidió usar ambas opciones en
estos versos:
En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón.
Igualmente, ante
conectores del tipo “pero”, “aunque”, “sin embargo”, “en consecuencia”,
“por tanto”, etcétera; especialmente, cuando la oración subsiguiente
tenga una cierta longitud y sobre todo si ésta utiliza comas en su
desarrollo, como sucede en este conocido fragmento de “El Quijote”:
“… se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días
de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le
secó el celebro de manera que vino a perder el juicio.”
Estos
usos, y otros más o menos similares, nos llevan intuitivamente a una
regla algo más en consonancia con las normas de estilo, donde se nos
sugiere que el punto y coma es el candidato ideal
allí donde la coma se hace insuficiente o reiterativa, o donde el punto
supondría una inaceptable ruptura en la continuidad del pensamiento.
Por lo demás, no hay riesgo inminente de que la silueta del punto y coma desaparezca de nuestros teclados; al contrario, los lenguajes informáticos han hecho de él uno de sus tokens predilectos. Pero ya que está ahí, démosle también en el lenguaje humano, el lugar que se merece.
Miguel A. Román | 28 de agosto de 2006